Cierro los ojos en esta ciudad cansada y gastada…

Cierro los  ojos en esta ciudad cansada y gastada, y apago los colores en mi mente para hacer mío durante unos segundos este silencio que en realidad no existe; y pienso que tal vez podría convertirla en ese mundo de papel que a veces veo mientras deambulo por sus calles: el asfalto rugoso como un papel grueso donde esbozo con mis dedos las cosas que me mueven; y ese papel tan fino, casi translúcido (para la gente transparente), y pintar en sus bocas, en grande, las cosas que no dicen.  Pintar trazos de negro oscuro para sus ojos y las muñecas rotas porque todo les atraviesa; manchar de violetas y dorados el cartón grueso de los cuerpos que se escudan tras una letra tan pequeña que confunde al mirarla. Desnudarme, para escribir en rojo con un pincel muy fino sobre mi piel las letras que tengo enredadas entre mis dedos y leerme.

En mi mente el mundo siempre ha sido una llanura azul eléctrico, un cielo morado iluminado por un sol que dice lo que pienso. Puedo escuchar su voz callada y suave en la cabeza durante horas, la verborrea silenciosa de mi vida, como una lluvia fina que lo empapa todo. De mis palabras crecen árboles gigantes que nunca tienen hojas y extienden sus ramas hacia el cielo creando la ilusión de un pulmón gigante que respira y crece con mi voz. Me muevo por ese bosque como una visión en rojo donde nada más existe a menos que lo crea. Lleno el aire de carcajadas y me sonrío en un espejo a medida, que me deforma dentro de esta visión líquida porque no tengo los ojos limpios.

Desde lejos… el rumor de los coches como el mar, el vaivén de las olas estrellándose contra el asfalto para perderse lejos. No me baño en ese mar de destellos metálicos porque siempre me ha dado miedo morir atropellada, pero dejo que las olas me laman los tobillos y me los empapen de saliva ácida. Cuando vuelvo a levantar la vista tengo los ojos verdes, aunque eso no hace que los colores cambien sino que parpadeen con un grito atronador: “las voces de una multitud”.

Corazón enfermo.

Ξ

Es tarde y tu humor no ha mejorado como debiera.

Has hecho y deshecho todo el día para acabar así por la noche, como querías.

Pero te sientes cansado y aburrido de la misma vida llena de encrucijadas que no sabes resolver. Porque nunca te paraste para aprenderlo.

Su hijo ya no le miraría a la cara directamente nunca más desde el incidente. Por eso que jamás se apagaría su corazón en llamas, ni sus lágrimas dejarían jamás de rodar por su rostro, ya deseando una alternativa que no iba a llegarle en mucho tiempo.

De amigo el dolor, y de compañero el engaño. Mezclándose ambos en su cabeza formaban lo que yo suelo llamar;

Autodestrucción.

Si bien debe de ser lenta, pues crearás nuevas malas experiencias solo para tratar de insensibilizar el ya irremediable antiguo dolor, el que te inculcaron, o las consecuencias de tus errores, o palabras llegadas a tus oídos que no te merecías.

Substituirás lo que no puedes ya borrar. Esconderás las cuerdas que te atan al mundo sin poder evitarlo.  

¿Dónde estás? Apuesto que en algún suburbio oscuro, donde nadie pueda apreciar tu dolor, que es casi palpable. Celebrando trescientos sesenta y cinco días más, quemando tu cerebro cansado y destrozando tus huesos sorprendentemente enteros todavía.

Esta es la losa que llevarás a tus espaldas por carecer de cobardía y poseer fuerza, mucha fuerza. Tanta que sigues caminando aunque estés destrozado, sangrando sin cesar.

Muchos me cuentan que no hay vuelta atrás, pero porque creer lo que ellos dicen, si yo soy tu, si tu eres yo. Si los dos sabemos el secreto, aunque no existan palabras para contárnoslo el uno al otro.
“Me quedaré aquí hasta que te duermas.”

Le dije.

Para siempre.

Ella;

que su alma había regalado.

La que se dormía con la seguridad de no merecerla.

A sí misma “Es tuya” se repetía. 

Y marcos sin foto de un amor secreto.

Que no le daba vida, que se la agotaría por completo.

Fantasías de libros, historias de película, el pasado como presente.

Presente como condena.

Condena por haber regalado, por no llegar a despertar.

Creer lo que alguien dijo;

“Sin ti nada vale la pena”

A sabiendas de que Hollywood se había hecho de oro con esa y otras miles de frases sentenciadas.

El;

Que insultaba a la liebre del cuento.

Que confiaba demasiado en que el amor nunca acaba, nunca muere.

 Inyectaba veneno con una mirada.

Confiado de tener antídoto después.

Pero ella se sentía tortuga en una carrera que la dejaría sin ya más aliento.

El, que corría y bocanadas de aire sucio respiraba.

Cerraba los ojos para no ver qué era lo que escogía dejar atrás.

Sin saber, ingenuo estúpido, que nunca ella iba a correr y nunca él a volver.

Años después;

Vacíos se consideraban cuando solos suspiraban, cuando todavía se adoraban.

El presente, que todavía nada significaba.

Amor que ya no valía.

A solas, siempre a solas y restos de sollozos, restos de lágrimas derramadas.

Por aquel veneno mal digerido ella.

Por aquel antídoto insuficiente el.

Tiempo perdido en días empapados.

Vidas destrozadas, separadas por la cascada de errores que a ambos había arrastrado.

Ellos;

Enfermos a causa de la locura del amor, se mutilaban a cada intento fracasado por volver a respirar el uno del otro.

La primera vez que se vieron como tatuaje a todo color.

Primera caricia como cicatriz.

Días importantes recordados cada año con sus espaldas descubiertas y látigo en mano.

Manos entrelazadas por la calle, expuestas a miradas descaradas que quedaron como esposas y sin llaves.

Ellos.

Decidieron perderse en el limbo.

Entre la muerte y el infierno.

Nightmare

Para cuando volví a ser consciente, era demasiado tarde.

Empezando a atar cabos, me di cuenta de que, de alguna manera, había conseguido engañarme borrando mi memoria, dejando que ésta volviese después a trozos. Así fue como me engañó haciéndose pasar por un desconocido prestándome ayuda para encontrar un lugar al que ese día había decidido ir. Y de repente allí estaba yo, en no se donde, atrapada, desconcertada y humillada como nunca.

La habitación no poseía más que una lámpara de manera que no lograba ver demasiado, pero si lo suficiente para saber quién me retenía. Era él.

Según sus palabras:
-¿Tú, dejarme a mí? OH, por favor. Pero mírate. No eres nadie sin mí.

 Comprendí que mi decisión de vivir por mi cuenta había sido lo que todo eso había desembocado.

Y justo después de pegarme, después de desnudarme, empezó él y su fiel amigo a fotografiarme. Los flashes agudizaban el estado de alarma en el que se encontraba todo mi cuerpo, y temblaba de miedo, de frío y de vergüenza.

No podía parar de llorar, y de preguntar por qué. Por que así.

“¿Porqué me haces esto?” Era lo único que podía decir.

-Porque hemos nacido para pasar el resto de nuestra vida juntos, y lo vamos a hacer cueste lo que cueste.

Me contestó.

Pero desperté. Y tras unos segundos de auto ubicación, afortunada me supe al dar media vuelta en la cama y encontrarte a ti y tu maravillosa realidad.

¿What would you do?

El sendero de sangre que resbalaba por mi piel era la preciosa imagen de como todo mi dolor se disipa, mezclándose con un rojo que gana intensidad al posarse sobre mi pálida piel. Un plan perfecto para liberar la adrenalina en vez de utilizarla para saltar de una vez por todas.

El corte produce en mí una anestesia mental que me lleva a la nada de las no cosas. De las no palabras. La nada absoluta y negra.

Lágrimas recorren ya mis mejillas. Lágrimas de dolor, dolor real. Herida que curará mucho más pronto que las demás. Herida para tapar heridas.

Cansada, derrotada y aliviada dejo que mis músculos se alien con mis huesos para dejarme caer en un colchón helado.

Esa es mi confesión.

Ahora decide tu que quieres creer, pero en mi lugar, no lo harías mejor.

No fuiste tú quien decidió que era mejor así? En que momento quisiste convertirte en lo que eres? O acaso paso sin querer? Me esfuerzo en mirarte, a veces quisiera traspasarte con la mirada, llegar muy dentro de ti y ver lo que piensas. Si nunca me dices nada yo ya no se lo que puedo decirte y lo que no. Cuando esta bien callar, cuando esta bien hablar…