Ella. Sola, y unicamente ella.

El alma de aquella chica era como su aspecto. Aquella piel, tan suave, fina y pulcra revolucionó mis sentidos descubriéndome un mundo nuevo. Era el mundo de las hadas atrapadas en almas, almas atrapadas en cuerpos, y cuerpos con la piel de aquella muchacha. No podría haberme yo fijado tan bien si hubiese mantenido esos ojos abiertos mucho más rato. Estaba como jamás antes, hipnotizado, deslumbrado, estaba totalmente cegado por toda la intriga que me hacían sentir. Quería llegar cada vez más hacia el fondo, de la verdad, o de la mentira que aquellos ojos querían mostrarme.

Ella estaba sentada frente a mí, con la mirada fija en la pared, pensando quizás, soñando probablemente. Me había dado un tiempo para analizarla, y yo debía de aprovecharlo si pretendía volver a verla. Estaba jugando conmigo, y yo no pude no acceder.

Me sentía incómodo, pero no quería irme aunque no sabía exactamente para qué querría yo quedarme. Que significaría todo esto después, cuanto durará el tiempo, que juego es este y porque me temo que las reglas, no me gustan.

Sin embargo, su cuerpo me susurra que el premio es digno del esfuerzo y el sacrificio. Las voces de sus curvas son como un manto de seda rosa que a veces es de un rojo carmín fulminante, según mis aciertos, según sus propósitos, dependiendo de todo menos de la suerte.  Suerte no existe ya. Suerte se acobardó a las puertas del riesgo de perder los papeles. Se decantó por seguir existiendo inquebrantable en el mundo real.

Ahora se tocaba el pelo. Largo como si no tuviera fin, aunque le acabase en la cintura. Cuando yo llegué, el sol dominaba este lugar, rayos calientes acariciaban mis mejillas y los hombros. Pero me doy cuenta ahora de que los reflejos negros de su cabello han hecho del entorno un lugar diferente, un lugar fresco por no decir frío, carente de luz por no decir oscuro. Un lugar inquietante y sugerente para sólo algunos.

“Mírame a los ojos”, me dijo.

Y mientras pensaba en lo preciosos que son sus labios, me dí cuenta de que el único secreto residía allí donde los ojos no podían llegar, tampoco podía llegar yo con mis manos, ni mis oídos para poder entender.

Comprendí que quería estar en ese lugar. Entonces lo hice, hice lo que quería hacer desde hacía ya tiempo, días de silencios largos, de mariposas negras alrededor.

Me puse en pie, y cogí su mano levantando así su cuerpo para encontrarnos el uno frente al otro. Acaricié su mejilla y me deslicé por su cuello. Daba vueltas con mis dedos, pretendiendo no olvidarme jamás de su piel frágil y cristalina como el sitio por el cual caminé una vez.

Sus hombros eran perfectos, redondos, pequeños y equilibrados. Y sin pensarlo dos veces me acerqué y los besé, los besé una, dos, tres veces. Suaves, besosligeros y suaves.

Ella, que antes parecía no respirar de lo silenciosa que resulta su presencia, extendió sus brazos hasta encontrar mi cintura y seguidamente mi espalda. Se coló cual seductora aunque peligrosa serpiente bajo mi camiseta y suavemente trazó un camino apasionante sobre mi piel.

Se me agudizaron los sentidos de repente, y podía sentir el bello erizándose al paso de sus dedos, podía notar como su aliento rebotaba en mi cuello, podía sentir su corazón en cada recoveco de mi cuerpo.

Habiendo llegado ya a su cintura sentí querer fundirme con ella. Dios era perfecta. Apreté su cuerpo contra el mío como si el espacio se hubiese reducido de repente, como si no pudiera ser de otra manera. Como si que el aire corriera entre nosotros fuera una locura impensable.

Buscando sus ojos encontré sus labios, y al encontrarlos el mundo dejó de dar vueltas sin más. Todo lo que dejé de ver con aquel beso no lo vería nunca más si ella se quedaba. Era la nada de los besos mágicos.

La rodeé por la espalda y la estiré en mi cama. Jamás había visto tanta hermosura, la había imaginado quizá, pero no visto. Y de seguro jamás hubiese creído tenerla en mi cama. Lo que me hizo querer besarla, querer tocarla, querer desnudarla.

Con el roce de nuestra piel explotó una pasión desenfrenada. Cuatro manos jugaban buscando futuros recuerdos.

Después de eróticos gemidos y sabores dulces fuimos uno por fin. Justo en ese momento, ella, agarrándome la cara entre sus manos, me miró y media sonrisa asomó para sorprenderme en su rostro.

Era complicidad su expresión, era paz su cuerpo y era su mirada una cascada de amor. 

Lo había conseguido. Había conseguido entrar allí donde se encontraban sus secretos.

Pero solo cuando derribas una barrera puedes darte cuenta de que para tu desgracia y por iluso, hay más.

No preguntes porqué, no quieras saber cómo. Este cuento es así y esta es la princesa.

Acepta un consejo de un perdedor;

Tomate todo el tiempo del mundo, ella lo tiene. Pero asegúrate cada día de que sigue dispuesta a dártelo.

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2 Respuestas a “Ella. Sola, y unicamente ella.

  1. jajaja no, actuales no. Es solo una historia diferente a todo lo demás, queria escribir como un hombre, no como una mujer, y realmente me encanta.

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