Abrir los ojos.

Habías conseguido hacerme creer, convencerme.

Conseguiste hacerme pensar que tu eras la parte racional en esta historia. Con tus rarezas y sin similitudes con los demás.

Pero por el canar que empieza en ti y en mí acaba, ya no solo circula un amor incondicional. Ahora navegan sin mezclarse una impotencia y algo de rencor. Pero lo unico que obstruye lo que yo creía imposible de obstruir es la distancia y la sorpresa de darme cuenta de repente y en tan solo un momento que en realidad, nuestro castillo está construido sobre arenas movedizas.

Hacia el centro de la tierra

La cama me hunde hacía el centro de la tierra, esta oscuro y huele a humedad y al olor de mi misma, reconfortante y tan conocido que me relaja involuntariamente. Que lejos esta el centro de la tierra, como se mece el mundo y se hunde mi cuerpo a través del colchón. Siempre es la misma ilusión, por eso no abro los ojos. Bien cerrados no entra la poca luz que consigue colarse por las persianas bajadas y si relajo mi respiración y mi cuerpo, dejo de mecerme, dejo de sentirme, y lo único que me ata aquí es la presión en mi pecho que me conecta con el mundo. Es extraño porque con los ojos abiertos nada de lo que veo parece pertenecerme, son extrañas las maneras de la gente y sus formas. Es tan raro el tacto de la piel contra la piel, tan plástica y suave al mismo tiempo. Ni fría ni caliente, solo ajena.

Me esfuerzo para entender que algunos viven plantando paredes enfrente de sus ojos, pero no puedo y lo único que veo son mundos cuadrados donde vive gente pequeña. Y me pregunto porque. ¿Por que no ver las cosas que hacen infinito el mundo?

No lo ven, no lo sienten, no lo piensan. Y cuando para mí siempre ha estado allí hace que duela, y solo tengo ganas de gritarles o tal vez llorar. Acurrucarme contra el suelo, doblarme sobre mi misma e intentar no pensar, no ver los colores que explotan detrás de mis parpados. No me gusta sentir cuando pienso así, hace parecer mentira mi vida, hace que duela mirarme en otros y encontrar tan poco, y decepcionarme y envidiar.

Me miro en todos los reflejos, toco mi cara y mi cuerpo y me pregunto en que dimensión vivo para reconocerme tan despacio

Ángeles de alas doradas.

Ξ

Ellos. El punto de partida y el punto final.

Mi dolor y mi sufrimiento. Pero mi felicidad y todos mis sueños.

Ganas de arrodillarme por primera vez en mi vida y rogar piedad para los inocentes.

Rogar hasta morir por algo de justicia y humanidad para ellos.

Relucen en la oscuridad. Flotan en el agua y destacan entre la multitud.

Pequeños espíritus con la gran sabiduría del guerrero mutilado pero vivo,

Condenado a recordar.

Cuando mi mente se va, cuando las lágrimas saludan descaradamente a mis mejillas. Todas y cada una de las luchas, las sonrisas que ya no existen y las que nacerán.

En todo momento, con sabor dulce o amargo, son ellos y no otros quienes en mi cabeza están. Guapos y suaves como siempre. Delicados pero fuertes como siempre.

Brillan tanto que a muchos asustan.

Las únicas palabras sinceras que digo son para ellos. Lo poco que tengo pero que muy bien conservo. Todo lo que soy. Lo mejor de mí y jamás lo peor.

La muerte sería para mí pesada como una pluma si con ella yo arreglase algo.

Sin embargo y pese a todo esto, el aire del que se nutren está sucio, contaminado y demasiado usado. Pronto el hedor a putrefacto que desprende el ambiente cumplirá su cometido con ellos y por ende conmigo.

O conmigo y por ende, con ellos.

Dios mío, sé bueno y ayúdanos. Mira hacia aquí, justo detrás de ti y envuélvenos con uno de esos mantos que ahuyentan a los fantasmas de verdad.

Esos que con sus dientes y garras esperan ansiosos y sedientos a que caigamos en una de las trampas que alguien nos tendió confundiéndonos con otros.