La flor que podría no existir.

Creer que existe. Creer que soy, creer en ti.

Creer que la vida me guarda algo mejor, que espera a que esté preparada para saber apreciarlo. Creer que llegará el abrazo eterno que tanto necesito. Que llegará una fuerza más fuerte que la del dolor.

Creer en el amor y regalar.

Regalar un suspiro de alivio, una lágrima de agradecimiento. Un beso con sabor a sal.

Las olas acarician mi imaginación y las oigo aunque estén tan lejos. Tímidas susurran historias que no son mías pero que guardo entre pecho y espalda porque son tan bonitas que me sirven de consuelo.

Supongo que si  existieras te pediría que me llevases lejos un ratito. Supongo que si me vieras te sonreiría sintiendo que no puedo dejar de hacerlo.

Supongo que supongo miles de cosas sin querer. Y ahora mi cuerpo se convierte en una roca más de la que tirar. Arrastrar hacia aquí y hacia allí gastando fuerzas que nunca quise para volver a casa.

Volver a casa, sentarme y acurrucarme para protegerme de la ausencia de lo que no existe.

O quizás si que existe pero no lo veo. Quizás no me encuentra. Quizás me lo han quitado o distraído para que al cruzarnos no se de cuenta. Quizás lo he perdido por terca.

Cuento con mis dedos las estrellas que veo desde aquí. Y me pregunto si serán aviones. Así que por si un caso y para que tu me encuentres, me subo a una escalera y cojo la más pequeñita de todas ellas. Entonces, mirándola tiernamente le pinto la sonrisa que siempre quiso para parecer un poco humana.

Pero para cuando bajo me doy cuenta de que ni la estrella sonríe ni tu estás mirando. Yo no pinto sonrisas y los aviones, siguen pasando.

Conozco a un duende que…

Recuerdo el inicio de lo que nunca vas a permitir que acabe.

Y ahora, como si esa tarea fuesen los diez padres nuestros que te han tocado rezar hasta el fin de tus días, te ganas el poder seguir siendo lo que quieres ser. Y lo haces bien, es más, lo haces todo lo bien que puedes.

El reloj corre, probablemente vuela, y tú flotas en él.

Pero ahora se para y dan las once, así que rompiéndole los esquemas a Walt Disney y ridiculizando a su querida Cenicienta, abandonas.

Abandonas la responsabilidad que llevas en ambos hombros, la pose no de boxeador, si no de saco. Pero contigo siempre llevas tu sonrisa e incluso la de repuesto. La que usarás cuando alguien tenga la fuerza de darte un golpe. La que no dudarás en mostrar al que, desde un punto tan lejano para ti que no lo ves, intente aplastarte.  

Cuando ella, tu bella musa te llore al oído. Sonreirás si así creyeses necesario hasta en un funeral, rodeado de la mas absoluta miseria o caminando sobre el cemento que hace de suelo en el infierno.

Pero ahora mismo y por fortuna, no porque lo esquives si no porque no toca, ninguno de esos son los motivos por los cuales en tu cara una sonrisa asoma con confianza.

A toda prisa respondes a preguntas, hablas, ríes, te cambias, te aseas, saludas y por fin cruzas la puerta que te lleva a lo que muchos dirían, tu fantasía. Pero yo se que es tu realidad.

Esperando tengo a tus soldados, con la munición y las ganas de empezar la batalla que aguardabas desde que abriste los ojos en un día que había empezado muchísimo antes.  Y lo sabes de sobra, pero no te importa.

Los mismos sitios, la misma gente, el mismo recorrido. Las mismas miradas y nunca los mismos comentarios.

Tienes una imagen, tu propia imagen, la que creaste para todos y cada uno de ellos. Porque solo te descubrirás a cuatro afortunados midiendo antes su capacidad para entender y ver, para querer. Cuatro afortunados con sonrisas sinceras y lágrimas de verdad. Corazones de un rojo reluciente y cuerpos frágiles pero resistentes como una gran roca robusta e imponente. O como la flor que aguanta litros de lluvia durante días.

Pero aquí hablamos de otra cosa, de otra forma de vivir, otra cara, otra esencia.

Otra noche más.

Vestido a tu manera y rodeado de pocas princesas y muchas tigresas. Depredadores vestidos de seda, bailando música que llena un hueco para vaciar otro. Que llena el corazón y te vacía el cerebro.

Tú bailas, ríes, hablas, bebes y compartes con ellos. Pero para ti y nadie más hay una cosa que siempre guardarás. Solo los privilegiados que están cerca se atreven a imaginarlo, captan el olor y ven el resplandor.

Hablo de la luz profunda que te envuelve y amortigua así la absurdez de la vida que te rodea. La estupidez de la gente que pese a sus intentos no te atrapa. Pero cuida tus pasos, porque están al acecho. Te buscan, te tientan y entre susurros crean para ellos la imagen de ti que desean, quizá para no verse tan pequeños, quizá solo para verse.

Mientras tanto tu, perspicaz y sabio, conoces todas y cada una de las descripciones mal creadas que, por cierto, te resbalan.

Sin embargo y corroborando el dicho, todo lo malo se pega, encanto.

El ambiente viciado de tu habitación por la mañana te delata. Los horarios que pertenecen a zombies y vampiros para confundir a gente como tú te delata. El desorden ya no solo material si no general y total del que te alimentas cual hiena siempre feliz, aparentemente.

Ahora puedes darte la vuelta e irte con todo lo dicho y lo que no se ha dicho, haciendo de esta una historia más o la tuya. Puedes intentar cambiar o, más fácil, intentar hacerle creer al mundo que has cambiado. Pero la verdad es que tú; Amigo y amor. Tú, hermano cómplice y madrina. Lo que tienes y lo que no, me pertenece a mí. A la noche.

Lo oscuro. Frío pero cálido para los supervivientes. Duro pero tierno y amargo pero dulce. Cada lado opuesto soy yo;

La dama vestida de negro con los ojos color verde aceituna.

A veces pasa.

Hay quien dice que la vida es corta, y que solo hay una. Entonces te dicen;

“Disfrútala”.

Pero otros creen en la reencarnación, muchos incluso se preguntan quienes fueron en su anterior vida y quienes serán en la siguiente.

Existen aquellos que nunca mueren, y aquellos que mueren demasiado pronto.

He visto corazones sin latido atrapados en un cuerpo que no ha muerto. Que lucha por escuchar el eco que tanto extraña, que se pone en peligro para encontrar la adrenalina correr por sus venas.

He sentido pena por personas que a pesar de tener un corazón más grande de lo que tu podrías sospechar, viven creyendo que no se lo merecen.

Sé como es regalarle la vida entera a una persona que, sin verlo por querer taparte los ojos, la tira al lugar más sucio y oscuro del planeta.

Ahí es donde o dejo de pensarlo o me vuelvo loca.

Una chica que brilla de los pies a cabeza pero que está regalando la misma. Que ríe y llora como un ángel, que habla y su voz suena como una sinfonía celestial. Pero nadie en el cielo la escucha. Solo en el infierno retumba su voz y con el eco se convierte en no más que un ruido molesto.

Que su juventud se desvaneció es una gran mentira. Que su juventud olvidó es una realidad como el castillo de arena en el que vive.

Y yo desde aquí abajo, imperfecta más que nunca, veo como por haber empezado la casa por el tejado, los cimientos que sostienen una vida tambaleante se deshacen cada vez más rápido.

Ahora entre fantásticas frases y amoríos de papel cubre lo que ni le dan ni le dieron ni le darán pero necesita. Entre mentiras y pequeñas verdades que acepta con gracia vive, brillando un poco menos pero del mismo color.

“Pequeña estrella, busca a tu luna, y crece con ella”.