Conozco a un duende que…

Recuerdo el inicio de lo que nunca vas a permitir que acabe.

Y ahora, como si esa tarea fuesen los diez padres nuestros que te han tocado rezar hasta el fin de tus días, te ganas el poder seguir siendo lo que quieres ser. Y lo haces bien, es más, lo haces todo lo bien que puedes.

El reloj corre, probablemente vuela, y tú flotas en él.

Pero ahora se para y dan las once, así que rompiéndole los esquemas a Walt Disney y ridiculizando a su querida Cenicienta, abandonas.

Abandonas la responsabilidad que llevas en ambos hombros, la pose no de boxeador, si no de saco. Pero contigo siempre llevas tu sonrisa e incluso la de repuesto. La que usarás cuando alguien tenga la fuerza de darte un golpe. La que no dudarás en mostrar al que, desde un punto tan lejano para ti que no lo ves, intente aplastarte.  

Cuando ella, tu bella musa te llore al oído. Sonreirás si así creyeses necesario hasta en un funeral, rodeado de la mas absoluta miseria o caminando sobre el cemento que hace de suelo en el infierno.

Pero ahora mismo y por fortuna, no porque lo esquives si no porque no toca, ninguno de esos son los motivos por los cuales en tu cara una sonrisa asoma con confianza.

A toda prisa respondes a preguntas, hablas, ríes, te cambias, te aseas, saludas y por fin cruzas la puerta que te lleva a lo que muchos dirían, tu fantasía. Pero yo se que es tu realidad.

Esperando tengo a tus soldados, con la munición y las ganas de empezar la batalla que aguardabas desde que abriste los ojos en un día que había empezado muchísimo antes.  Y lo sabes de sobra, pero no te importa.

Los mismos sitios, la misma gente, el mismo recorrido. Las mismas miradas y nunca los mismos comentarios.

Tienes una imagen, tu propia imagen, la que creaste para todos y cada uno de ellos. Porque solo te descubrirás a cuatro afortunados midiendo antes su capacidad para entender y ver, para querer. Cuatro afortunados con sonrisas sinceras y lágrimas de verdad. Corazones de un rojo reluciente y cuerpos frágiles pero resistentes como una gran roca robusta e imponente. O como la flor que aguanta litros de lluvia durante días.

Pero aquí hablamos de otra cosa, de otra forma de vivir, otra cara, otra esencia.

Otra noche más.

Vestido a tu manera y rodeado de pocas princesas y muchas tigresas. Depredadores vestidos de seda, bailando música que llena un hueco para vaciar otro. Que llena el corazón y te vacía el cerebro.

Tú bailas, ríes, hablas, bebes y compartes con ellos. Pero para ti y nadie más hay una cosa que siempre guardarás. Solo los privilegiados que están cerca se atreven a imaginarlo, captan el olor y ven el resplandor.

Hablo de la luz profunda que te envuelve y amortigua así la absurdez de la vida que te rodea. La estupidez de la gente que pese a sus intentos no te atrapa. Pero cuida tus pasos, porque están al acecho. Te buscan, te tientan y entre susurros crean para ellos la imagen de ti que desean, quizá para no verse tan pequeños, quizá solo para verse.

Mientras tanto tu, perspicaz y sabio, conoces todas y cada una de las descripciones mal creadas que, por cierto, te resbalan.

Sin embargo y corroborando el dicho, todo lo malo se pega, encanto.

El ambiente viciado de tu habitación por la mañana te delata. Los horarios que pertenecen a zombies y vampiros para confundir a gente como tú te delata. El desorden ya no solo material si no general y total del que te alimentas cual hiena siempre feliz, aparentemente.

Ahora puedes darte la vuelta e irte con todo lo dicho y lo que no se ha dicho, haciendo de esta una historia más o la tuya. Puedes intentar cambiar o, más fácil, intentar hacerle creer al mundo que has cambiado. Pero la verdad es que tú; Amigo y amor. Tú, hermano cómplice y madrina. Lo que tienes y lo que no, me pertenece a mí. A la noche.

Lo oscuro. Frío pero cálido para los supervivientes. Duro pero tierno y amargo pero dulce. Cada lado opuesto soy yo;

La dama vestida de negro con los ojos color verde aceituna.

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