Miro a mi alrededor para descubrir que si me invento de nuevo no es porque me falte sino porque puedo.

Me huelen a humo los dedos, el pelo y la boca. Tengo la cabeza inmersa en una niebla densa que lo clarifica todo. Y yo también me deshago en el humo que me envuelve, en espirales que me suben hacía arriba.

Me miro desde el techo y me río. Me siento liquida y pierdo consistencia, mi cuerpo se escurre  por las paredes naranjas hasta el suelo y con el cuerpo apretado contra el parquet oigo latir el corazón mecánico de la ciudad, los gusanos que devoran sus entrañas y sacuden las paredes. Me embarga un terror que me estremece cuando pienso en la oscuridad que reina debajo.

Debería sentir frío? Mi piel contrayéndose sobre mis huesos? Pero solo veo rojo, como si mirara el sol con los ojos cerrados. Y escucho la música que nace de mi pecho, un ritmo que habla de mi vida. Tarareo con los dedos contra mi estomago pero se me olvida que sigo siendo liquida y me hundo, me confundo con mi cuerpo.

Pienso, todavía pienso, y me extraño de mi misma, de este cuerpo liquido y…

la suave música que late en mis oídos. La ausencia de mis manos fundidas en mi carne. Apenas se si siento pero tengo la risa vibrando en mi garganta llena de asombro.

Respiro, para asegurarme que existo en un espacio físico y aunque no note el aire llenando mis pulmones, crezco y vuelvo a oír las risas fuera mío.

Unas voces mecánicas comienzan a marcar un ritmo distinto al de mi pecho, cosquilleando en la piel que creía haber perdido y sube tan fuerte, crece y enmudece en mis huesos para explotar con una luz purísima enfrente de mío.

Lo mío siempre han sido las palabras, el papel emborronado con mis huellas, el asombro de un mundo que pudiera ser como yo quisiera, y no esta resonancia liquida que fluye con mi sangre y me llena de un asombro que cosquillea en la punta de mis dedos, no en colores sino con un sonido gravitacional que me alza y me hunde.

Abro los ojos, porque las voces me llaman y descubro que he vuelto a perder mi realidad mientras viajaba. Resuena en voz alta el pensamiento; sin abrir la boca, aunque el eco de mi voz llena la habitación. Miro a mi alrededor para descubrir que si me invento de nuevo no es porque me falte sino porque puedo.

Estoy en el país de las maravillas y todo esta torcido, de lado o deformado. La reina de corazones me mira con ojos grandes, pozos azul herméticos. La boca roja y sangrante. En su mano izquierda un corazón latiendo apenas y en su pecho siete más como tambores.

“Se esta muriendo” me dice con la sonrisa triste. La sangre gotea hasta el suelo de su mano y ella prende el corazón de nuevo en su pecho.

“Cantan lo mucho que me aman, y cuando se quedan sin versos se mueren”. Me acerco para oírlos de cerca y pienso que es por eso que el mundo siempre se distorsiona tanto, debe de ser la agonía de sentir demasiado. 

Yo no puedo hacer otra cosa que mirar.

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